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lunedì 17 agosto 2009

Refrenemos nuestras lenguas

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REFRENEMOS NUESTRA LENGUA, EMPIEZO CONMIGO

Poder destructor de la lengua



Las malas lenguas (I)

Llegar a dominar la lengua es una de las cosas más difíciles de la vida. De ahí el que la murmuración sea una plaga universal. “Todos ofendemos muchas veces”–dice Santiago-; y añade: “Ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado” (vrs. 2 y .

No cabe hacerse ilusiones sobre la supresión de la murmuración. Los términos absolutos que emplea Santiago no dejan lugar al optimismo: “Todos ofendemos”. “Ningún hombre puede domar la lengua”. El hombre y la murmuración parecen tan inseparables como el misterio y la poesía. “Si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (vr. 2).

Las ideas del apóstol tienen un encadenamiento terrible, pero lógico. No hay quien sea incapaz de ofender con la lengua; por lo mismo, la perfección humana tampoco es posible; y como consecuencia de la deformación moral que todos llevamos dentro, nuestra lengua se dispara y el resto del cuerpo resulta incontrolable. Al murmurado no le queda otra alternativa que armarse de paciencia y perdonar. Y para el murmurador –todos estamos incluidos- no hay otro escape más que el reconocimiento de su ignominia y el grito paulino de angustia: “Miserable de mi” (Romanos 7:24).

Lo que Santiago afirma sobre el tremendo poder destructivo de la lengua, lo ilustra a continuación con dos ejemplos. Uno es el de los animales y las bestias. “Nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos todo su cuerpo” (vr. 3). Esto lo conseguimos. Al más indomable de los caballos, al potro más salvaje, le ponemos freno de hierro en la boca y dominamos el resto del cuerpo. Es más: “Toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana” (vr. .

Santiago clasifica los animales en las cuatro categorías de Génesis 9:2. Dice que el poder del hombre ha conseguido domarlos a todos, esto es, dominarlos, vencerlos y someterlos, pero ha fallado en el dominio de la lengua. El hombre consigue que un elefante se alce dócilmente sobre sus patas traseras y salude a la multitud regocijada; logra que el león, obedeciendo sus órdenes, salte a través de un círculo de fuego; pero la lengua del domador, más pequeña que un dedo de elefante o de león, no puede ser domada.

El segundo ejemplo es un instrumento náutico: “Mirad también las naves –dice-; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere” (vr.4). Con esta otra figura se realza la desproporción entre la pequeñez de la lengua y su peligrosidad social. La nave, capaz de partir las aguas, cruzar los mares y afrontar las tempestades, es dirigida con una sola mano sobre el timón. Pero al timonel le resulta imposible gobernar su propia lengua, tan pequeña.

Se ha dicho que DON QUIJOTE es como una estrella que marca el rumbo a todos los visionarios. Santiago es un centinela apostado en las encrucijadas de la vida para advertirnos contra el pequeño y terrible enemigo que llevamos dentro: la lengua.

La vida sería un paraíso si las lenguas de los seres humanos estuviesen animadas de brisas alegres. Pero no es así. Las lenguas, todas las lenguas, están llenas de veneno. Y de veneno que mata. Basta una pequeñísima sustancia de veneno para destruir una vida. Y donde la muerte no llega se producen graves trastornos físicos y psíquicos.

La lengua, con dos palabras que pronuncie, puede trastornar muchas vidas y hasta causarles la muerte moral. La lengua venenosa marchita las primaveras, arrebatándoles sus alegrías y sus flores; interrumpe la canción en los corazones felices y seca las ilusiones de las almas nobles. La lengua venenosa convierte el más florido rosal en simples ramos espinosos, tronchados en las riberas de un río negro.



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